La escena final ya estaba escrita. No había vuelta atrás. No había punto de giro que modificara nada. Sólo faltaba el final, el punto final. Y mi punto final fueron cuatro horas de llanto. Cuatro horas de estar tirada en la cama, mojando la almohada, con los ojos pesados y colorados. Cuatro horas me costó entender que ya no tendría en quién pensar. O, peor, que tendría que pensar en mi. Cuatro horas de asimilación de lo que nunca fue, de lo que nunca será. Cuatro horas. Y punto final.